El ritmo que llevamos, los ritos que celebramos, las cumbres que tratamos de ascender, el impacto emocional que intercambiamos, los paisajes abrumadores, la fauna y flora salvaje, los momentos de reflexión y cierre o la sensación de gratitud son sólo algunos motivos de por qué lo hacemos. Montsent de Pallars. Lo que la naturaleza nos enseña.  

Cuando todo va bien, todo va bien. O al menos esa es la impresión que me llevé de una jornada en la que el sol nos sorprendió ya despiertos, con el propósito compartido de ascender el Montsent de Pallars (2.883m), en la escondida y tímida Vall Fosca.  Y es que madrugar suele jugar a favor de quien lleva el tiempo justo, ver salir el sol es un estímulo simple y  a la vez potente, sobre todo para quien ha dormido lo suficiente.

En la reunión de la mañana, antes de partir, Montse nos deleitó con su ya tradicional café. Es uno de esos ritos que van acompañados de  connotaciones como el servicio, la predisposición, el compartir algo. Los ritos, como –en nuestra cultura- el de dar la mano, la “cañita” después de un día de trabajo o de una buena montaña, bendecir la mesa (en algunos credos), gestos intencionados antes de competir para algunos deportistas, tienen el poder de generar un clima, un ambiente intencionado. El de nuestro termo de café aportó predisposición, alineación, equipo. Tras él abordamos los primeros pasos en sombra desde el embalse de Sallente (1.774) hacia el camí de Pigolo.

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Como en la vida misma, el ritmo es crítico. De él dependen en gran medida aspectos como la unión o dispersión del grupo, la adaptación individual a las distintas fases por las que pasamos al realizar cualquier actividad deportiva –a distintos niveles: psicológico, energético, físico-,  también la capacidad de observar a nuestro alrededor y la de alcanzar un objetivo final.

Demasiado bajo y no superaremos la fase de activación y se incrementará el tiempo de acceso a nuestro objetivo. Demasiado alto y el grupo se dispersará, tal vez el ácido láctico nos impida avanzar sin dolor muscular o nos perdamos la posibilidad de ver un gesto de necesidad en algún compañero o bien la suerte de avistar fauna salvaje.

Como en la vida misma, el ritmo es crítico

Aquella mañana adoptamos un ritmo cómodo y ligero que nos llevó a la Font de la coma d’Espòs (2.137m) –que por cierto, estaba seca-  en menos de 45 minutos. Se abría ante nosotros la perspectiva en marcado rumbo E, ahora con un cálido tono propiciado por los primeros rayos del sol sobre las verdes praderas que todo lo cubrían. Las conversaciones  eran fluidas, con alguna que otra parada que nos había permitido  reconocer viejas amigas como la tóxica Tora blava o las frambuesas silvestres. Estábamos sólos en el valle y los ánimos estaban bien arriba cuando alcanzamos hacia el sur les  Passades de Montsent (2.517m).

La ascensión al Montsent de Pallars desde Sallente es como una escalera de tres grandes peldaños, en cuanto a su pendiente. El primer peldaño lo forma el Pigolo hasta la Font de la Coma d’Espòs, donde se cruza el carrilet que va a Estany Gento desde la pista al norte del Coll del Triador (2.108m). Luego da un respiro. El segundo peldaño es el que asciende hasta les Passades de Montsent, desde donde se llanea un poco para acabar de ascender el último peldaño hasta el Montsent.

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(fotografía de perdices nivales canadienses)

Nos adentramos en el hábitat de la perdiz nival, que en verano suele recorrer las vertientes norte de la alta montaña. Se estima que en el Pirineo catalán existen entre unas 48 y 62 parejas (fuente: https://www.faunaiberica.org/perdiz-nival). Nosotros tuvimos la suerte de compartir el último tramo de ascenso con una de éstas parejas, ya que ante nuestra presencia prefieren apartarse a pie que echando a volar.

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Y al fin, la cumbre. Con la respiración acelerada. La sonrisa en la cara como manifestación de la alegría que da el esfuerzo cuando va de la mano de alcanzar aquello que nos proponemos. Las vistas son espectaculares. Desde aquí se domina el Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, y sobre todo los picos  de la cabecera del Flamicell y el entramado de embalses de montaña que a principios del siglo XX provocaron una verdadera revolución económica en el valle con la finalidad de generar energía hidroeléctrica.

No es la cima el objetivo final sino un punto de paso desde el que regresar a casa

“El cielo hoy está más azul”. Nos felicitamos. Y hoy sí, nos damos el lujo de estar aquí, en la cumbre del Montsent. Sin prisas. Charlando, tomando de nuevo café, reponiendo fuerzas, respirando.  Inspirando el momento, durante casi una hora. Poder disfrutar así de una cumbre es un verdadero lujo, te deja impregnado de una mezcla entre serenidad y alegría. No obstante no es la cima el objetivo final sino un punto de paso desde el que regresar a casa más feliz que una perdiz.

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Tal vez por ello tras descender en pronunciada y pedregosa pendiente hacia el norte hasta el Tossalet de la coma (2.732m), algunos empezaron a correr, brincar y transmitir al resto su alegría . Generalmente no nos damos cuenta del impacto emocional que podemos tener en los demás, ni el que pueden tener los demás en nosotros. Como el ir y venir diario de las nubes en la alta montaña estival tendemos a funcionar emocionalmente por una especie de vals compuesto entre todos que en cualquier momento puede ser moldeado por la intencionalidad. En nuestro caso, con la tripa llena, un día que acompañaba, con una actividad física estimulante,  una compañía  grata y un entorno precioso, bastó esa súbita demostración de brincos y carreras para que el resto de bajada hasta Estany Gento (2.145m) por la caída de aguas de la Font Blanca se nos pasase volando.

El impacto emocional que podemos tener en los demás

Desde allí tomamos el sendero del carrilet hasta la cabecera del Pigolo desde donde la gran mayoría bajaron el resto del camino al coche corriendo cual rebecos (isards) juguetones, simpátcos y exuberantes.

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Aparentemente la excursión había acabado, no obstante, yendo bien de tiempo y de fuerzas aprovechamos para revisar conjuntamente la jornada entre cervezas y refrescos. Compartimos la importancia de un ritmo asequible para todos y de las paradas técnicas para interpretar la fauna, flora, patrimonio y geología.

Esos momentos de reflexión y cierre, aunque breves, nos pueden aportar conocimiento y posibilidad de mejora de aspectos que nos han podido pasar desapercibidos.

Además es un modo bastante eficaz de comprender por qué lo hacemos. Porque en ese momento, ya de vuelta a casa, se nos suele escapar la sonrisa, respiramos hondo y soñamos con el próximo reto, la siguiente aventura,  el siguiente proyecto a compartir.

Por qué lo hacemos. Montsent de Pallars. Lo que la naturaleza nos enseña

 

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Pablo Lapuente coachingPablo Lapuente

Co-Fundador/Instructor en LIFE Leadership School

Formador y Coach especializado en Liderazgo, Organizaciones y Relaciones e Inteligencia Emocional

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