Entrenar la resiliencia pasando por momentos de relativa dureza, fuera de nuestro área de confort, tras los cuales darse cuenta de lo que somos capaces de superar con planificación, gestión del riesgo, esfuerzo, conciencia, aceptación, creatividad y adaptación. Regalos que pudimos encontrar en Ordesa en una ruta de otoño.

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Los Pirineos en otoño adquieren un tono solitario, remoto e indómito repleto de contrastes, es tiempo de cambios. Desde el cielo las horas de luz disminuyen y las sucesivas borrascas precipitan copiosamente sobre una tierra deseosa de agua tras un largo verano. Los caducifolios emprenden el cese de irrigación de sus hojas mostrando un mosaico de colores cálidos antes de desprenderse y forrar el suelo de otoño. Así nos encontramos el Valle de Ordesa en el Parque Nacional de Ordesa y Monteperdido, uno de los rincones privilegiados en ésta época del año.

¿Qué nos brindó la ruta? Un entrenamiento en resiliencia, en cómo sobreponerse a la adversidad, y mucho más

Inicialmente habíamos planificado el Refugio de Góriz como punto de pernocta, pero en las previsiones a 14 días vista aparecía un frente borrascoso de norte que amenazaba con dejar abundante agua, y nieve ya en las clavijas de Soaso, algo que no queríamos afrontar con el equipo. Decidimos pues un cambio de planificación que en caso de cumplirse las previsiones no nos comprometiera.

En esta época del año, afrontar jornadas en las que previamente ya se prevé lluvia o nieve es sólo para aquellos que tienen muy claro lo que implica y lo que les impulsa a hacerlo. Llegó el momento de la verdad y pese a no nevar en las clavijas de Soaso según lo previsto, sino 100 metros más arriba, tuvimos buena lluvia seguida de frío, nieve y sol.

¿Qué nos brindó la ruta? Un entrenamiento en resiliencia, en cómo sobreponerse a la adversidad, y mucho más: el privilegio de estar solos en Ordesa en pleno otoño, un auténtico abanico de colores y la furia del agua al descender por los barrancos.

¿Por qué lo de entrenarse para sobreponerse a la adversidad? No es un tema de progresión segura o supervivencia en la montaña, “adversidad” es algo que en un momento u otro todos podemos encontrarnos en cualquier contexto y la resiliencia – o capacidad de sobreponerse a la adversidad- será nuestra gran aliada, veamos.

¿Qué es la adversidad? Un agente o situación desfavorable, que agrede directamente a nuestro propósito, sea cual sea y venga de donde venga. Es adversidad cualquier dificultad en nuestra vida, sea una separación incómoda, una lesión deportiva, las consecuencias de una decisión de la que nos arrepentimos, un imprevisto en nuestro día a día, los peligros que pueden hacernos daño, la pérdida de alguien querido o la lluvia constante en un día frío de otoño en el Valle de Ordesa.

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Si le damos una vuelta y nos enfocamos en cómo afrontar la adversidad nos colocaremos en una posición más favorable para precisamente superarla que si nos enfocamos simplemente en salir de allí lo antes posible, dejar de sentir dolor o cualquier otra emoción perturbadora. Nos vendrán bien la serenidad, la conciencia y la creatividad para idear y gestionar un plan para salir adelante. Aquí entra en juego la resiliencia, nuestra capacidad de superación.

Los peores golpes son aquellos que uno no espera

En nuestro caso, empezamos un día en la Pradera ya con lluvia y con una cinta que nos cortaba el paso hacia el barranco de Cotatuero. Consultamos en la Casa del Guarda y nos indicaron que con tanta lluvia  el barranco se había desbordado en su parte más baja y que la Faja Racón estaba sujeta a riesgo de desprendimientos, cosa que ya había presenciado en alguna otra ocasión. No obstante el itinerario hasta la misma faja era practicable, por lo que emprendimos la marcha para determinar in situ la situación.

Planificación es anticiparse. Probablemente estaremos de acuerdo en que los peores golpes son aquellos que uno no espera, por lo que tratar de disminuir el factor sorpresa es crucial en cuanto a sobreponerse a la adversidad. Sabíamos de antemano que las temperaturas  a las cotas por las que transcurría el itinerario superarían por poco los 0ºC, lo que unido a la lluvia y a la duración de la ruta hacían indispensable el empleo de equipamiento adecuado para mantenernos secos y calientes el mayor tiempo posible. En cualquier caso al medio natural hay que tenerle respeto yendo preparado para imprevistos pues pueden resultar fatales o, como poco, podemos pasarlo mal o comprometer a otros.

Gestión del riesgo, minimizar la exposición a los peligros y sus posibles daños. Habíamos llegado a buen ritmo a la Faja Racón remontando el Barranco de Cotatuero y disfrutando de los colores otoñales y del espectáculo del agua, no obstante algunos de nosotros ya notábamos la humedad en nuestras prendas interiores bien por la saturación de las capas impermeables o por la falta de transpiración de las mismas. Las manos también estaban húmedas por lo que habíamos de atinar en la elección de un lugar resguardado para retomar fuerzas. Pero antes habíamos de analizar la estabilidad del terreno por desprendimientos y tomar una decisión, seguir adelante o retroceder. No había señales de que se hubiesen producido durante la mañana por lo que decidimos continuar, eso sí, atravesando las zonas no protegidas por árboles (expuestas) lo más rápido posible para aminorar la marcha en las zonas recogidas.

Gestión del riesgo, minimizar la exposición a los peligros y sus posibles daños

La más mínima brisa afectaba a la sensación térmica, seguía lloviendo y buscamos la protección y resguardo de una pequeña cavidad bajo las inmensas paredes de roca. Allí compartimos un termo de té caliente, gran remedio contra indicios de hipotermia.

Se palpaba el placer de estar afrontando la dificultad y recibir la recompensa de haber visto rebecos de cerca, no habernos cruzado un alma en uno de los valles más transitados de la península y  experimentar lo salvaje y lo auténtico en el terreno, alejados del sofá. Aún así el linde entre pasarlo bien y mal en un día así es muy estrecho con lo que emprendimos la marcha por la espectacular Faja Racón hasta el Circo de Carriata y el Barranco de Salarons. Nos aguardó una tarde a la vera del fuego del hogar en el bar de la Pradera, con muchas anécdotas que compartir.

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¿Y si sobreviene una situación de dolorosa dificultad? Como dice sabiamente Enrique Martinez Lozano, podemos afrontar tres tipos de dolor: el evitable, el inevitable y el que es consecuencia de una acción de amor. En este sentido me doy permiso para llamarlo dolor como fruto de una decisión consciente. El dolor evitable requiere lucha, esfuerzo y tesón para que se transforme. El absolutamente inevitable requiere aceptación de la realidad. Y por último el que es consecuencia de una decisión consciente requiere el asumirlo, el esfuerzo necesario para alcanzar nuestro propósito.

Aceptar estar mojado y no venirse a menos, no dejarse vencer, en un día de lluvia por el placer de presenciar las catedrales de Ordesa, su bravura y dinamismo otoñal bien nos valió la pena. Y por ello aplaudo a los valientes que lo asumieron.

Desarrollo Próximo, escoger pequeñas metas a nuestro alcance en el camino a nuestro Gran Objetivo. Entrenarse para afrontar la adversidad desde dentro, desde nuestros estados emocionales de óptimo rendimiento, pasa por darle pequeños bocados al gran pastel. Hacerlo de una sola tacada fácilmente nos empachará. Para ello es efectivo afrontar pequeños retos sobre los que tomar conciencia de nuestras reacciones y respuestas naturales para poder desarrollarnos desde la intencionalidad. El primer paso es poner conciencia en nuestras propias sensaciones, o como nos pasó en la ruta a la Cola de Caballo y la Faja de Pelay sobre las sensaciones propias y en las ajenas. El día había amanecido helado. El sol asomaba tímido, las placas de hielo eran una realidad y cabía la posibilidad de que nevara. El equipo estaba curtido ya en experiencias de este tipo y en afrontarlas con serenidad por lo que la confianza impulsó nuestros primeros pasos hasta las hermosas Gradas de Soaso.

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La Cola de Caballo nos esperaba espléndida, las lluvias del día anterior habían recargado los circuitos del agua y la nieve cubría el macizo del Monteperdido, al fondo. Nos cruzamos un par de excursionistas un tanto alarmados que venían de la Faja de Pelay y la Senda de los Cazadores, tramos que íbamos a afrontar de vuelta al parking. Comentaron la presencia de hielo en el camino transmitiéndonos cierta intranquilidad acerca del riesgo de caída, ya que se pasa junto a paredes verticales de roca.

La confianza se cultiva tras la consecución de pequeños logros

Como había sucedido el día anterior decidimos no dejarnos llevar por la incertidumbre y acercarnos al punto crítico para determinar si las condiciones del terreno implicaban un peligro objetivo  y por lo tanto deshacer el camino de ida (a sabiendas de que ello conllevaría un tiempo extra) o si por el contrario el hielo matinal ya se había transformado en agua y la ruta no superaba la dificultad abarcable por el grupo.

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La confianza, que se cultiva tras la consecución de pequeños logros, nos acompañó durante el magnífico sendero. La nieve llegó a cuajar por momentos pero el cielo acabó abriéndose, y el hielo ya había desaparecido en la Senda de los Cazadores cuando emprendimos el súbito descenso al calor del fuego que de nuevo nos aguardaba. Satisfechos por lo que el día nos había brindado, conociendo un poco más nuestra creciente capacidad como equipo.

 

Y es que al final, sólo podemos cultivar la resiliencia pasando por momentos de relativa dureza, fuera de nuestro área de confort, tras los cuales uno puede darse cuenta de lo que ha sido capaz de superar con planificación, gestión del riesgo, esfuerzo, conciencia, aceptación, creatividad y adaptación. Regalos que pudimos encontrar en Ordesa en una ruta de otoño.

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Pablo Lapuente coachingPablo Lapuente

Co-Fundador/Instructor en LIFE Leadership School

Formador y Coach especializado en Liderazgo, Organizaciones y Relaciones e Inteligencia Emocional

Guía de Montaña y de Piragüismo

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